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TESTIMONIOS DE ENFERMOS ALCOHÓLICOS

 

El Espinar 1 El Espinar 2
Grupo Renacer Elvira Garcia La Historia de Bill Wilson
Me llamo Rosa (parte 1ª) Cristina Grof  Yosokichi
(AREA) Los comienzos (1) Preso A.A. Mis desacuerdos con A.A.
Me llamo Gloria y soy alcohólica El resbalón de siete meses Mi Esposa E I
El vendedor Montar los roces El bebedor europeo
Una recuperación del hombre de negocios Una diversa inclinación Nuestro amigo meridional
El Loco de la Colina Gloria Una sala de la corte de legalización de un testamento 
Evelyn Mastropiero Una Victoria Femenina Viajero,Redactor,Erudito
Carmen Dorotea Elena
Francisco Delgado  Francisco Delgado 2  Querida amiga 
Channelview  Dejé Entrar el Aire y la Luz del Sol  Antonio el Africano2 
Laura Jesús T.  Paco Delgado 
Pakiyo Ceuta  Antonio el Africano1  Dos hermanos 




 

El caso de Laura

Aunque en Alcohólicos Anónimos hay muy poca presencia de jóvenes, porque es muy difícil identificar y reconocer el problema en edades tempranas, Laura, barcelonesa adicta desde los 13 años y miembro de la organización desde los 25, aseguró a que fue «una suerte percibir tan rápido» la degradación «brutal» a la que le había llevado el consumo del alcohol, unido al de otro tipo de sustancias como cocaína.

Laura, que empezó a beber los fines de semana con su grupo de amigos, «para sentir que hacíamos las mismas cosas que los mayores», empezó a buscar a los 21 años «vías de escape» que pudieran devolverle la esperanza para «sacar la cabeza y sobrevivir», por lo que acudió primero a comunidades terapéuticas y centros de día de Barcelona.

Tras años de recaídas continúas, la joven, que se describió como alcohólica social, acudió a Alcohólicos Anónimos, donde, según su testimonio, por primera vez «la gente hablaba el mismo lenguaje y podías sentirte identificado», un método de trabajo con iguales que «se convierte en la última esperanza de un alcohólico y que es capaz de abrirle la puerta hacia una vida normal». La ínter actuación entre personas con las mismas experiencias, la convicción de querer dejarlo, de luchar por «recuperar la dignidad que el alcohol te hace perder» y, fundamentalmente, la seguridad de que nadie te exigirá que no consumas, fueron las claves en la recuperación de Laura, que lleva más de 5 años sin beber.

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Laura

Jesús T.

Soy  enfermo alcohólico y me llamo  Jesús T.

A modo de presentacion os envio mi resumido  historial

Tuve mi primer contacto con A.A. en un Grupo de Ourense, España donde inicie mi nueva vida, mis Compañeros me ayudaron a dejar  el alcohol, sin traumas, ni sufrimientos. Ofreciéndome las herramientas necesarias para enfrentarme a la vida sin tener que recurrir al alcohol, ni a ningún tipo de fármacos u otro tipo de sustancias.

Inicie mi contacto con el alcohol a la edad de 14 años, el inseparable compañero de viaje, me sirvió en un principio, para superar mi timidez, desinhibirme, de mis complejos, miedos, siendo el alcohol , el amigo fiel, que me ayudaba a sostenerme en el día a día.

En su momento, y al principio, lograba controlar, mi forma de beber, quemando, distintas etapas , el alcohol se introdujo en mi vida.

Bebía , por todo y por nada ,sin causa que lo justificase; En situaciones fuera de lo cotidiano, que me proponía mantenerme sereno, era cuando, sin saber porque, me sentía nervioso, intranquilo , apuraba esa primera copa, con el simple afán de relajarme; automáticamente se desencadenaba en mi, esa transformación, de sentirme Bien, ese puntillo de la primera copa, segunda, ………….  Pero el problema es que ya no podía parar, de beber.

A medida que transcurrían los años, tuve innumerables intentos para dejar de beber.

Acudí a Centros, Médicos,  Psicólogos ……….etc. lo intente solo, por mis propios medios (Nunca tuve la intención de dejar de beber, solo de controlar ,la forma de beber)  usaba “ Trucos” para dejar de beber, antagonistas del alcohol, tranquilizantes, no llevar dinero, intentar entretener mi tiempo libre, con trabajos manuales no frecuentar a las personas con las cuales bebía; De todo, pero no lo conseguí, pasaba días, meses, sin tocar el alcohol, por la mínima contrariedad bebía, en mi fuero interno, el tomar  “la primera copa” y así seguir, hasta que no podía mas, llego el no recordar lo que había hecho el día anterior , lo que había dicho ( Lagunas mentales ) Aparecieron enfermedades cardio-vasculares, el vivir utilizando fármacos, sin control, los antiácidos, siempre a mano bueno, el pasar por la vida sin enterarme, de nada.

La vida familiar , se deterioro de tal manera, que me sentía un mueble, viví épocas de mi vida , intentando controlar , la forma de beber , sufriendo , por la copa que no bebía ,  trabajando sin sentido, confiando en quien no debía, me engañaron, manipularon ……….pero lo mas difícil para mi,  fue la impotencia hacia el alcohol, el saber que, por mas que quisiera , yo solo no podía dejarlo.

El Poder Superior  y  los compañeros , me ayudaron a solucionar mi “PROBLEMA” solo por hoy , iniciando la andadura de una nueva vida, disfrutando lo que siempre tuve y no me entere,  deje de crear problemas a mis seres queridos…….renací a una vida nueva, sin alcohol

Asisto a reuniones en Orense al grupo de A.A. en  el cual los Compañeros me están ayudando, para poder vivir  el día, a día  lo  que yo solo, no lo conseguiría.

Hoy y solo por Hoy  no he bebido.

Compartiendo experiencias, es como logre dejar de beber, Solo por hoy, así de sencillo.

Un saludo, y  felices 24 Horas

 
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Jesús T.

Paco Delgado

"300 años de sobriedad"

Envío de todo corazón los recuerdos de mi pasado aniversario y que le escribí a mi amigo y compañero Jesús T. del  Grupo Orense de España y que me emociono mucho escribirlos, Francisco D.

 

Querido Jesús:

el 29 de octubre P.P.  celebre’ mis 33 años en A.A. y fue una junta inolvidable para mi y para mis compañeros, me coordino la junta Paulino D. y te cuento la historia de A.A. aquí en la ciudad de León Guanajuato, el primer A.A. fue Nicolás en octubre de 1964, el segundo Fito  en diciembre del mismo año y Paulino en junio de 1965, bien pues el mensaje lo trajo un compañero de la vecina ciudad de San Francisco del Rincón y la forma de desenvolverse los compañeros muy diferente, el primero muy tímido, el segundo con mucho dinero, lo conozco bien, pues en ese entonces era novia mía su hermana, que a la postre me case con ella en 1967, y el tercero  Paulino, con un enamoramiento del programa y un ángel tan grande que puedo decir que el fue el principal promotor de A.A. en esos inicios, era un hombre muy alto y delgado, parecido a nuestro Presidente Fox, con una voz potente y de una personalidad arrolladora, me acompañaron otros cuatro con mas años que yo, en fin entre los seis pasábamos de 200 años, que aunados con cuatro compañeros  de mas de 25 años, era que 10 compañeros teníamos mas de 300 AÑOS de sobriedad, y fueron pasando según pidieron la tribuna y al final paso mi mujer y al ultimo pase yo, muy emocionado pues agradecí la asistencia de todos, inclusive de un amigo compañero que vino desde la ciudad de México a la junta y luego se regreso, tomando en cuenta que se hacen 5 horas de venida y 5 de regreso        De lo que recuerdo que platique fue cuando tenia 18 años año 1960 y que en una ocasión iba con mi padre en el automóvil, iba manejando el y yo de lado derecho, y al llegar a una esquina vimos a cuatro pordioseros y como se paro en el cruce, se acerco uno por mi lado queriendo dirigirse o hablarle a mi papa, pero no podía inclusive cayo en el cofre del lado mío y me llego el olor fétido de orines y suciedad, su cara quedo en el vidrio y vi su cara enfrente de la mía, la barba y bigote llenos de pedazos de comida, los ojos rojos, y en cuanto se enderezo mi padre arranco, le dije "papa, te quería decir algo, mira se quedo a media calle gesticulando, vociferando sin poder decir palabra, ¿lo conoces?" me contesto, "soy su padrino de bautizo, se va a morir pronto y no puedo hacer nada", posteriormente en 1969 vino un hombre a mi fabrica y me hablo de A.A. y si creía me pudiera servir y le conteste que a mi no, pero que tenia un obrero muy bueno para trabajar pero muy  borracho y me pidió que hiciera algo por el y le prometí llevarlo ese mismo día al grupo de A.A. que me indico y al día siguiente regresó y le conté que lo había llevado y me pregunto que como me había parecido a mi la junta y le dije "como, si únicamente lo lleve y lo deje en la puerta y me fui a mi casa" con el tiempo llego a mi primera junta en Tijuana, Baja California al Grupo Renacimiento un lunes 29 de octubre de  1973, ciudad donde me hice alcohólico y luego alcohólico anónimo,  una ciudad a 2,500 kilómetros de aquí y ya militando en A.A. regreso a León queriendo recuperar a mi familia pero me fue imposible y como sufría mucho me fui a vivir a Guadalajara Jalisco, ciudad a 240 km. de León  y un día conocí al primer A.A. de Jalisco Tanilo y como me gusta platicar con los que saben (y jugar con los que traen) me hice su amigo, pasaron mas de dos años que íbamos seguido a reuniones y un día dijo algo de León Guanajuato y me voltea a ver y me dice "tu eras" y yo le contesto "tu fuiste" nos habíamos reconocido, me platico que mi cuñado Fito le había pagado transporte, hotel y comidas para que fuera a pasarme el mensaje y que lejos de aceptarlo le presumí un caballo pura sangre que había comprado en el Hipódromo de las Américas de la ciudad de México, en ese tiempo tenia siete caballos, y en otra ocasión  llegaron a mi Grupo Tapatio en Guadalajara año 1976 dos hombres que eran de León y me dio gusto verlos tan prósperos pues fabricaban chamarras y bolsas de piel y acababan de comprar una camioneta ultimo modelo y esa noche los invite a cenar a mi casa y nos quedamos platicando de A.A. hasta que amaneció y eran las 8 de la mañana y les dije "disculpen pero tengo que abrir la fabrica, que ya tenia en ese entonces y al despedirnos me dice ¿como te llamas? y le contesto Francisco Delgado, y me dice "te llamas igual que un hombre que quise mucho pero que ya murió  el se llamaba Juan Francisco Delgado y le dije era mi padre y me contesto "era mi padrino de bautizo" inmediatamente recordé donde y en que condiciones lo había visto, dime Jesús si no es esto un milagro, cuantos si no fuera por A.A. estaríamos muertos, bueno disculpa la colgada y toma la tribuna, sigues.........

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Pakiyo de Ceuta

ANIVERSARIO

 

Hola, me llamo Paco y soy alcohólico. El próximo día 17 de mayo de 2007 cumplo mi segundo aniversario de mi  regreso a mi grupo Renacer de AA (Ceuta). 

 

Me explico: Ingresé en AA en junio del año 1990 aconsejado por mi esposa y por mi jefe de trabajo. El primero en hablarme sobre el Grupo fue el compañero Pepe, que me visitó en casa y me trajo un libro sobre alcoholismo (no de AA). La verdad que a este compañero (ya fallecido) no le hice mucho caso y yo seguí con la copa, prometiéndole a mi esposa que ya iría al Grupo. Mi malestar crecía y mi esposa pidió ayuda, a instancia mía, y vinieron dos compañeros, Paco C (aun en el Grupo) y Fernando. Los tomé en serio y un sábado, a pesar de que no era día de reunión, se hizo una expresamente para mí. Me impactó bastante porque vi conocidos míos que no podía imaginar que fueran alcohólicos. (Antonio A, Cayetano… entre otros). Empezaron a hablarme y, enseguida me identifiqué como un alcohólico más.

 

Antes de ir al Grupo necesité tratamiento médico, psiquiatra, y entre los fármaco que me mandó había unas pastillas que me hacía cambiar el ánimo, ansiawas = dapaz, no olvidaré nunca, y a ella me enganché. No bebía pero estaba “drogado”. Me tomaba las pastillas como caramelos.

 

Así estuve hasta mediado del año 1999 en que dejé de aparecer por el Grupo. Al poco tiempo volví a beber. En realidad no había dejado de beber, porque dejar de beber sólo se deja una vez. Sólo tapé la botella y sustituí el alcohol por los psicotropos.

 

Empecé con cervezas sin alcohol, después con alcohol. Podía dominarlas, solo me tomaba un par de ellas al día. Después de un tiempo, tres… cuatro… seis……… todas las que vinieran.

 

Después whisky. Esto ya me hizo que no pudiera con mi alma, ya no podía resistir ni trabajo ni nada. Me aconsejaron a coger la baja y que me repusiera, pues me veían bastante mal.

 

Dejé de acudir al Grupo porque, entre otras cosas, me creí “curado”, ¡qué gran error!, ¡qué gran equivocación!

 

Espero que Dios me ilumine y me dé discernimiento para no caer en la misma TRAMPA DEL ALCOHOL y pertenecer por el resto de mis días en la Comunidad de AA. Si es en el Grupo Renacer de Ceuta, mucho que mejor, es señal de que el Grupo sigue funcionando.

 

Eso sí, esta mala experiencia me ha servido para fortalecerme y asegurarme de que soy, sin dudarlo. un alcohólico.

 

Un abrazo y Feliz 24 horas a todos.

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Pakiyo de Ceuta

EL DÍA DE LOS INOCENTES

Aquella mañana hacía un poco de frío por causa de viento de poniente que soplaba en el Estrecho. Sentado cómodamente, mi trabajo se presentaba monótono. No obstante aquel día 28 de Diciembre de 1.976 iba a quedar marcado en mi vida. Tendrían que transcurrir 9 años, para que aquel suceso, que se había convertido en una pesadilla, dejara de atormentarme y una paz benefactora inundara mi espíritu; fue cuando le conté a otra persona la historia que os voy a relatar. Una historia que no era más que un capítulo en mi carrera alcohólica.

 

“Era aproximadamente las 10 de la mañana cuando mi madre se presentó en el trabajo. Venía llorando, e inmediatamente supe que alguna tragedia había ocurrido. No tuvo que decirme nada para que supiera que mi padre había muerto. Estaba pasando las Navidades en un pueblecito de la Provincia de Barcelona y allí se quedó.

 

Para mi madre él era el marido separado, el hombre que la había abandonado. Para mí el padre que durante muchos años me estuvo dando todos los caprichos a su alcance. No existían vínculos, no había comunicación. Éramos dos extraños unidos por los lazos de la sangre.

 

Yo trabajaba en una importante empresa de venta de automóviles propiedad de unos primos, ellos fueron los que se encargaron de organizar y financiar mi desplazamiento a Barcelona. En el aeropuerto un familiar me llevaría hasta el pueblecito donde mi padre había muerto esa mañana.

 

Recuerdo que el largo y accidentado viaje lo hice en un estado de fría indiferencia. No me importaba que fuera la primera vez en mi vida que me montaba en un avión. Si hubiera podido eludir la responsabilidad de asistir al sepelio, no lo habría dudado un solo instante. Siempre sentí un miedo terrorífico a que mi padre, que llevaba años enfermo de los pulmones, muriese en mi presencia. Así que de alguna forma le daba gracias a Dios por no permitir que ocurriera de esa forma.

 

Cuando por fin a las 12 de la noche llegué al Aeropuerto del Prat, mi primo Pepe me estaba esperando. Mi padre había muerto en su domicilio. En el camino hasta el pueblecito apenas cambiamos algunas palabras. No tenía la menor duda de que él se encontraba más afectado. Ellos siempre se entendieron muy bien. Cuando llegamos a su casa fuimos  donde mi padre se encontraba, concretamente en su dormitorio en la cama de matrimonio. Sólo tuve valor para entreabrir la puerta y mirar un instante, no fui capaz de hacer nada más, tenía un mido tremendo; estaba deseando que aquello terminara.

 

Mis tíos que habían llegado de Zaragoza estaban allí, el encuentro fue frío y protocolario, entre nosotros no existía ninguna conexión. Sus miradas fueron de reproche y algo así como “ya estarás contento” vino a aposentarse en lo más profundo de mí ser. Me hablaron del entierro y de toda la parafernalia que ello conlleva. Yo tenía que realizar todos estos trámites, mi presencia era imprescindible. Aquello empezó a gustarme más, era el eje el protagonista y ese había sido siempre el papel de mi vida.

 

A la mañana siguiente llamé muy temprano a mi primo para pedirle que me enviase urgente dinero para poder realizar todos los trámites. A las 10 ya tenía en mi poder el suficiente dinero, así que hacia las 12,30 mi padre fue conducido al cementerio del pueblo donde recibió sepultura. Mi misión había concluido, estaba satisfecho, todo era mío y no le debía nada a  mi familia. Así que nada más terminar mis tíos se marcharon para Zaragoza y me quedé con mi primo Pepe que me dijo que me quedase a descansar ese día.

 

Pero mis planes eran otros, quería marcharme y olvidarlo todo. Tomamos unas cervezas en un bar cercano al cementerio y luego me llevó al aeropuerto. Mientras esperábamos el avión que me llevaría a Madrid estuvimos bebiendo, así que cuando embarqué ya iba bastante ebrio y me quedé dormido ene. Avión, no desperté hasta que llegamos a Madrid.

 

Mi intención era coger un vuelo que me llevaría a Málaga, pero no era posible hasta las 7 de la mañana del día siguiente.

 

El destino me tenía reservada una sorpresa.

 

Que iba hacer durante todo ese tiempo, no iba a estar en el Aeropuerto esperando. Pensé que una copa me ayudaría a pensar mejor. Disponía de suficiente dinero. Después de tomar un par de copas decidí marcharme  a Madrid, alojarme en un buen hotel y descansar. Estuve en las mismísimas puertas del Hotel Princesa, pero el miedo, en este caso mi aliado, me hizo desistir; así que me alojé en un hotel más modesto cuyo nombre ni recuerdo. Bebí dos o tres copas de coñac y salí dispuesto a conquistar Madrid.

 

Estaba tan cargado de alcohol que no le daba importancia a mi maltrecho pie derecho, escayolado a consecuencia de una caída que sufrí días antes de la muerte de mi padre presenciando un encuentro de fútbol en el Puerto de Sta. María. Era el pago de otra de mis borracheras.

 

Pensé que una buena cena no me vendría mal. Después de dar muchas vueltas por Madrid y no decidirme por ningún restaurante, volví al hotel donde pedí una abundante cena que apenas caté. Sentado frente al televisor con una copa de coñac en mis manos me sentía satisfecho, había cumplido con mí deber y no existía motivos para preocuparme.

 

Sin saber cómo ni por qué me encontré en una gran sala con un gran escenario, una botella de champán metida en un cubo dos copas y una chica me acompañaba. ¿Dónde estaba?, no tardé en enterarme de que el local era el Biombo Chino, la juerga por lo visto tremenda y sólo conservo pinceladas de la misma. Nuevamente llega la conciencia y esta vez estoy en una pequeña sala semi-oscura, junto a mí otra mujer y una gran copa de coñac. Vuelvo a perder la conciencia y cuando nuevamente despierto es otra sala un mostrador y mi inseparable copa de coñac, la mujer había desaparecido. Nuevamente vuelve hacerse el vacío en mi mente. Despierto con un frío horrible, el miedote invade y un sudor frío me empapa. ¿Dónde estoy?, tardo en concentrarme, la cama de mi habitación del hotel se encuentra totalmente empapada de sudor y orina. El miedo me hace saltar de la cama, que hacer!, no llevo nada más que lo puesto y esta empapado, entro en el cuarto de baño y tal como estoy abro la ducha y dejo correr el agua sobre mí, el miedo ha desplazado de alguna forma a la borrachera, pasa a un segundo plano. Tengo que salir lo más rápido posible del hotel, la imagen que se refleja en el espejo me asusta aún más. No reimporta mi pierna escayolada mojad, trato de quitar la mayor parte posible de agua de mis ropas, pero aún así estoy empapado y en Diciembre y en Madrid.

Me pregunto que hora sería, no encuentro el reloj y tengo que salir del hotel. Dios mío! Que había sucedido, tengo que marcharme, pero a donde, entonces me acuerdo de el avión Málaga, y los recuerdos primeros empiezan a bombardear mi mente.

Con un pánico terrible bajo a recepción del hotel, mi aspecto es deplorable, en ascensor busco la cartera en ella hay 5000ptas pero ni rastro del DNI. El recepcionista, hombre mayor, me mira comprendiendo el terrible drama, pone el DNI sobre el mostrador y le pago lo que se debía. Más que pedir le exijo que pida un taxi, tenía que salir de allí!, que hora es, las 6 de la mañana, el avión sale a las siete, me queda una hora. El taxi reconduce al aeropuerto, el miedo los resentimientos y no se cuantos dragones más me acompañan la angustia es terrible, tengo unos deseos de beber enormes, debía serenarme y yo bien sabía como hacerlo. Veo la luz de un bar a lo lejos en la carretera, con la excusa de comprar tabaco le pido al taxista que pare un momento. Entro en el bar y me bebo de un tirón cuatro copas de coñac y compro un paquete de tabaco. Llego con quince minutos para coger el avión en el camino la escayola la he tenido que tirar.

Me encuentro más tranquilo después de haber tomado esas copas y en el avión me encuentro mejor, miro a través de la ventanilla y solo veo nubes. Los remordimientos me atormentan y no paro de preguntarme que…..me había ocurrido. Pienso que sería buena cosa que se estrellara el maldito avión. Intenté consolarme pensando que todo había ocurrido a tantos kms de casa, nadie tenía por qué enterarse. Pero y si un día se presentaba la policía en mi casa, Dios mío… iba a estallar en mil pedazos.

 

El aíre fresco y el tan familiar olor a mar me devolvieron a la realidad. Corrí al parking del aeropuerto e intenté poner en marcha el coche, maldición.., no tenía batería me había dejado las luces puestas. Por fin con la ayuda de varias personas logro ponerlo en marcha. Salgo de Málaga como alma que persigue el diablo. Algo más tranquilo en carretera comienzo a trazar un plan, tenia que justificarme, pero ante quién. Aquellas malditas copas de coñac y el estomago vacío me habían jugado una mala pasada, como se me ocurrió beber así. Lanzo un juramento, Señor te prometo que no volverá a suceder.

Así todo comienza a ir mejor, un buen desayuno me ayudaría a recorrer los 120km que me separaban de mi casa. Paro en una gasolinera muy conocida por mí. Antes de darme cuenta ya estaba bebiéndome una copa de coñac, al diablo con la promesa…!

 

No se cuantas veces pare hasta llegar a Algeciras, pero cuando llegue iba otra vez ebrio. En el barco unas cuantas cervezas me colocaron en un estado de semi-inconsciencia, donde los remordimientos, la culpa y todo lo demás estaban atenuados, incluso había olvidado que mi padre había muerto.

 

El engañar a los míos no fue tarea difícil, era un consumado actor y el adoptar el papel del hijo derrotado y cansado no fue difícil de interpretar.

 

Ante mí quedaban 9 años de sufrimientos, angustias, temores y remordimientos, temiendo que algún día me reconocieran y se diera a conocer la historia de  aquel 29 de Diciembre.

 

Ante mí quedaban días y días intentando ahogar en la botella el monstruo de la culpa y el remordimiento que estaban devorando lentamente mi vida y mi razón.

Ante mí quedaba el despido, el abandono de mi familia, la muerte de mi madre, la lucha en el infierno de mi alcoholismo, el descenso en el pozo del cual no se sale.

Tendrían que ocurrir tantas y tantas cosas antes de conocer a los Alcohólicos Anónimos……..pero bueno esa es otra historia que otro día os contaré.

Con gratitud

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                                                                              Antonio el Africano

Se encuentran dos alcohólicos.

 

Bill le había llamado a Henrietta  Seiberling como resultado de su propia desesperación cuando, después de pasearse nerviosamente de un lado a otro del vestíbulo del Hotel Mayflower, situado en la calle South Main en el centro de Akron, se dio cuenta súbitamente que necesitaba hablar con otro borracho con objeto de que él mismo se conservara sin beber.

El Mayflower, con su lucidora fachada de Art Deco,  era prácticamente nuevo…el mejor hotel, el más moderno de Akron. Y en la noche del sábado, la gente fue de compras al centro de la ciudad, quizá cenó en un restaurant y se fue a algún cine. En el Rialto se estaba proyectando “Roberta” con Ginger Roges y Fred Astaire, y en otro cine “G-Men” con James Cagney.

Esa noche había un aire festivo en el vestíbulo del Mayflower, con la calidez y las risas tentadoras que Bill recordaba que venían del bar. Probablemente el bar estaba inusitadamente lleno y se estaban efectuando muchas fiestas privadas en los apartamentos del hotel, ya que estaban llegando los invitados al Baile de Mayo que anualmente daba la hermandad del Hospital Santo Tomás. Pudo haber estado ahí la hermana Ignacia, además del joven doctor Tom Scuderi. Como miembro del personal de cortesía, el Dr. Bob, también,  podría muy bien haber aparecido por ahí, si no hubiera estado tomando. En vez de unirse al holgorio del bar “Bill obtuvo la guía de buscar en el Directorio de Ministros que estaba en el vestíbulo”, dijo Henrietta.

“Y sucedió una cosa extraña. Apenas miró ahí, puso su dedo en un nombre: Dr. Walter Tunks.

Así que Bill llamó al Dr. Tunks, y el Dr. Tunks le dio una lista de personas. Una de ellas era Norman Sheppard, que era un íntimo amigo mío y sabía lo que yo estaba intentando hacer por el Dr. Bob. Norman le dijo a Bill: “Tengo que ir a Nueva York esta noche, pero llame a Henrietta Seiberling. Ella se ocupará de usted.

Tal como Bill lo describió, primero llamó a nueve de las personas en la lista de diez, el de Henrietta era el último. Bill recordó haber conocido una vez a un Sr. Seiberling, anterior presidente de la Goodyear Tire and Rubber Company, suponiendo que ésta era su esposa, y no podía hacerse el ánimo de llamarla con una súplica así: “Pero”, recordó Bill, “algo me decía continuamente: Mejor llámala”.

Ya que ella había tenido la oportunidad de enfrentar y trascender otras calamidades, ciertamente que me entendió: dijo Bill. “Ella se iba a convertir en un eslabón vital para que sucedieran aquellos fantásticos acontecimientos que estaban a punto de conjuntarse para el nacimiento y desarrollo de nuestra Sociedad de A.A. De todas las personas cuyo nombre me había  dado el servicial párroco, ella fue la única que se tomó el interés suficiente; quisiera hacerle patente aquí nuestra gratitud perpetua”, concluyó Bill.

Por supuesto Henrietta no era la esposa del presidente de la compañía hulera, sino su nuera, y vivía en una residencia anexa a la propiedad de los Siberling en Portage Path, a corta distancia de la casa de los Smith.

Henrietta intentó llevar a su casa a Bob y a Anne ese sábado. ¿Podrían venir a ver a un amigo de ella, un alcohólico sobrio, que podría ayudar a Bob con su problema de bebida?

En ese momento Bob estaba sin sentido en el piso de arriba, después de haber llevado a casa una gran planta por ser el Día de las Madres, poniéndola sobre la mesa de la cocina y cayendo al suelo inconsciente. Todo lo que Anne y sus hijos pudieron hacer fue llevarlo escaleras arriba.

Al principio meramente dijo que creía que les sería imposible ir ese día, pero como recordó el Dr. Bob: “Henri era muy persistente, una persona muy decidida, dijo: “Oh, sí, vengan: sé que a Bob le será muy útil”.

Aún así, Anne no pensó que fuera muy prudente ir ese día” continuó el Dr. Bob. “Finalmente, Henri insistió un grado tal que Anne tuvo que decirle que yo estaba pasado y fuera de toda capacidad de escuchar cualquier conversación, y que sencillamente la visita tenía que ser pospuesta”. El domingo Henrietta llamó otra vez a los Smith. “¿Está Bob en condiciones de venir hoy?”.

“No recuerdo alguna vez en que me haya sentido tan mal, pero me simpatizaba mucho Henri y Anne había dicho que iríamos”, prosiguió Bob. “Así que salimos de la casa. En el camino, le arranqué a Anne la solemne promesa de que lo máximo que estaríamos tratando este asunto serían 15 minutos, yo no quería hablar con este embaucador ni con ningún otro, y lo dejaríamos prácticamente con la palabra en la boca, dije. Ahora estos son los hechos reales: Llegamos a las cinco y eran las 11.15  cuando nos fuimos”.

Smitty recordó que aunque su padre estaba muy nervioso, no había bebido cuando se fueron en el coche a casa de Henrietta a conocer a este individuo que podría ayudarlo.

“Por supuesto que yo no estuve en esa reunión, ya que entonces era un muchacho y mamá quería que papá se abriera ante Bill, así que no sé lo que ahí sucedió, aunque recuerdo que Bill se vino a vivir a nuestra casa poco después”.

Describiendo este encuentro con el hombre “que iba a ser mi socio…el maravilloso amigo con el que nunca tendría yo una palabra dura”, dijo Bill, “Bob no tenía mucho el aspecto de ser un fundador; temblaba mucho y con gran inquietud nos dijo que sólo podría quedarse 15 minutos.

Aunque avergonzado, se animó un poco cuando le dije que yo cría que él necesitaba un trago. Después de la cena, que no probó, Henrietta nos apartó discretamente a su pequeña biblioteca y ahí hablamos Bob y yo hasta las 11 de la noche.

¿Qué sucedió realmente entre los dos hombres? Una de las versiones más breves y más interesantes la dio el antiguo compañero de clase del Dr. Bob, Arba J. Irvin, quien cuando menos le dio el debido reconocimiento a lo que iba a convertirse en la bebida “oficial” de A.A. -  el café -  que entonces se venía a 15 centavos de dólar la libra.

“…Y así se reunieron y empezaron a hablar acerca de ayudarse el uno al otro y ayudar a los hombres con problemas similares. Salieron hasta los suburbios más bajos de la ciudad y reunieron a un grupo de borrachos, y comenzaron a hablarles bebiendo café. La esposa de Bob me dijo que nunca había preparado tanto café como lo hizo en las dos semanas siguientes. Y ahí permanecieron bebiendo café e iniciando este grupo de ayudarse unos a otros, y esa fue la forma en que A.A. se desarrolló”.

Esto es verdad; pero tal como lo sabemos hubo mucho más que eso. (Así, sería algo como conservarla demasiado sencilla). Durante años un cierto número de personas habían estado poniendo a Bob en buena disposición: el Grupo Oxford tenía un “programa” y Henrietta le había dicho: “No debes tomar una gota de alcohol”. Evidentemente Bill le llevó algo nuevo: él mismo.

¿Qué le dijo al Dr. Bob que todavía no se había dicho? ¿Qué tan importantes fueron esas palabras? ¿Qué tan importantes comparadas con el hecho de que era un alcohólico hablándole a otro? Nadie lo puede decir con precisión. En realidad, ellos mismos, el Dr. Bob y Bill, pusieron énfasis ligeramente diferentes sobre los factores que estaban ahí involucrados.

En “A.A. Llega a la Mayoría de Edad, escrito unos 20 años después, cuando ya Bill había analizado el acontecimiento a la luz de la experiencia subsiguiente, dijo que “el se había ido con prudencia respecto a lo deslumbrante de la experiencia religiosa”. Primero le habló acerca de su propio caso hasta que Bob “obtuvo una buena identificación conmigo”; luego, tal como el Dr. William Dr. Silkworth le había precisado, le había volcado los aspectos físicos de la enfermedad, “el veredicto de una destrucción inevitable”. Esto, sintió Bill, produjo en el Dr. Bob un desinfle del ego que “lo lanzó dentro de una nueva vida”.

Al describir su plática como “algo completamente mutuo”. Bill dijo: “Yo había dejado de predicar; sabía que necesitaba a este alcohólico tanto como él me necesitaba a mí, y eso fue todo.  Este mutuo dar-y-tomar está hoy en el corazón mismo de todo trabajo del Duodécimo Paso de A.A.”

Texto tomado del Capítulo VI del Libro “El Dr. Bob y los Buenos Veteranos”.

Lo que oí me hizo ver la verdad que buscaba

De Channelview, Tejas:

 


        Llegué a Alcohólicos Anónimos a la edad de 23 años, no de buena gana sino porque los problemas me acorra­laban cada vez más. Los problemas no eran tanto monetarios, ni físicos, sino mentales y emocionales.

 

Mi padre tomaba, pero no lo vi tomar mucho porque él se ausentaba por largos períodos de casa. Mi madre tenía que trabajar y la mayor parte del tiempo nos cuidaban las niñeras. Yo tenía once años cuando mis padres se divorciaron a causa de la forma de beber de mi padre. Recuerdo que mi madre nos pregun­tó con quién nos queríamos quedar, si con nuestro padre o con ella. Mis dos hermanas y mi hermano menor dijeron que con ella, pero yo escogí a mi papá. Mi madre se sentó a hablarme y me explicó el daño que le hacía la bebida a mi padre y como él le iba a hacer más caso al alcohol que a mí. Para mi fue duro tomar esa decisión y sobre todo dejar de admirar a ese ídolo que era mi padre. Puse los pies sobre la tierra y juré nunca ser como él.

 

A los catorce años hice contacto con el alcohol por presión de mis amigos. A la semana de haber bebi­do me presionaron a fumar y a usar drogas. Sentía que mis amigos me aceptaban y hasta me sentía más maduro. El alcohol me daba valor para hablar con las muchachas, ya que sin el licor era muy tímido. Tanto me gustó el efecto del alcohol que para mis quince años empecé a tener lapsos que duraban horas ente­ras. Me preocupaba un poco, pero después me calmaba cuando me decí­an que había hecho payasadas y que todo había estado bien. Empecé a creer que controlaba la bebida.

 

A los 16 años me junté con una muchacha y me creí mayor de edad. Mi alcoholismo fue progresando y empecé a usar drogas más fuertes, según yo para controlar mi forma de beber. En el transcurso de tres años le di a esa muchacha una vida muy desagradable. La maltraté física y emocionalmente. Al separamos la dejé con un niño de dos meses, y me junté con otra muchacha a las dos semanas. Me sentía tan chiflado que llegué a pensar que tenía el mundo a mis pies.

 

Para ese entonces me fui dando cuenta que me estaba volviendo adicto a las drogas y me espantó mi conducta. Dejé las drogas una por una. Me sentía con una gran fuerza de voluntad, muy superior a los demás por haber dejado las drogas y el cigarrillo. Pero cuando intenté dejar el alcohol, mi fuerza de volun­tad no fue suficiente. Lo que más duré sin beber fueron treinta días. Eso me puso a pensar en mi proble­ma.

 

Contraje matrimonio con otra muchacha, buscando un cambio. Encargamos un hijo y me metí al servicio militar. Pero caí en cuenta que el problema no era tanto el lugar en que vivía, ni las personas con las que me juntaba, sino yo. Los últimos años tomaba entre cinco y seis días a la semana. Durante el día era un marinero ejemplar y de noche un borracho sin riendas. Al acabar el servicio militar todos en mi fami­lia se sentían orgullosos de mí, pero me sentía bien vacío por dentro. Llegué a hablar con mi esposa de una separación, ya que no me aguantaba ni a mi mismo. El servicio militar nos mantenía alejados y todo era como un noviazgo, pero ya una vez en la casa buscaba cualquier pre­texto para tomar. Y lo que más me molestaba de toda la situación era que estaba haciendo lo que juré nunca hacer - era igual que mi padre.

 

Me enteré que a mi hermano le habían exigido, por orden judicial, asistir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Me comen­tó que tenía tres meses sin beber alcohol, y que estaba en un progra­ma de recuperación. Eso me llenó de gusto y de orgullo, saber que se esfor­zaba por su bienestar. Me invitó a una reunión y me dijo que abriera la mente. Lo que oí esas primeras noches me conmovió y me hizo ver la verdad que andaba buscando. Acepté que era alcohólico.

Refugio A.

Artículo de “La Viña” de mayo-junio de l999.

Publicado en Proyecto-Mail el 10-05-07.

Aportado por Leo Carrasco

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Dejé Entrar el Aire y la Luz del Sol

 

L

legué a Alcohólicos Anónimos joven pero llena de secretos y enferma del alma. Hoy día, en mi edad madura, ya no guardo secre­tos y mi alma está más saludable que nunca. Soy más libre, más generosa y, a diferencia de mis días de borracha, puedo experimentar el amor, la ale­gría y el asombro como también las emociones más oscuras. Mientras que todos los 12 Pasos de AA son suge­rencias, para mi recuperación en curso, el Quinto Paso más que ningún otro me ayuda a deshacerme de esos secretos que me agobian el alma.

Asistí a mi primera reunión de AA con mi compañera de esos años. Era mayor que yo y su alcoholismo era más obvio. Cuando nuestro doctor le reco­mendó AA, la acompañé a una reu­nión porque, excepto cuando iba a trabajar, y de aquellas ocasiones en las que se desaparecía, hacíamos todo jun­tas. Ahora me doy cuenta que no con­fiaba en que ella iba a ir por si sola. Tampoco confiaba en AA, y mi igno­rancia sobre el programa era total. ¿Cómo iban esas personas a entenderla de la manera que yo la comprendía?

La primera reunión que escogimos al azar (!) fue una reunión abierta. Me apresuré a explicarle a los miembros del grupo que nos dieron la bienvenida que mi compañera era la que tenía el pro­blema; yo sólo estaba allí para alentar­ía. Me hablaron de Al-Anon pero también me dijeron que era bienvenida a las reuniones abiertas de AA. Aun­que necesitaba mucho el programa de Al-Anon, fueron las reuniones abier­tas de Alcohólicos Anónimos las que me salvaron la vida.

Semanalmente mi pareja y yo asisti­mos juntas a varias reuniones abiertas. Continuamos bebiendo, sin embargo,  yo tenía rabietas y le daba palizas has­ta dejarla inconsciente durante nues­tras peleas de borracheras; algunas veces la dejaba en tan mal estado que al final de la noche terminábamos en la sala de urgencias de un hospital. Estos arranques de ira, me decía a mí mis­ma, eran causados por su alcoholismo. ¿Quién no iba a perder la paciencia con un comportamiento tan detesta­ble?

En las reuniones de AA, escuchaba sólo para ver cómo podría ayudar a mi pareja a dejar de beber, pero después de haber oído a montones de alcohólicos contar sus vidas, no pude seguir igno­rando mi propia manera de beber. No me consideraba a mi misma como al­cohólica - después de todo, yo no es­taba tan mal como ella - pero sí caí en cuenta que beber socialmente no re­sulta en lagunas mentales o explosio­nes violentas o la necesidad de manejar con un ojo cerrado para no tener que ver dos rayas en la mitad del camino.

En esa época, era reportera de perió­dico. Escribía acerca de un condado ru­ral donde las votaciones todavía se hacían con papeletas. Las noches de las elecciones todos los reporteros que cu­brían el condado traían a la oficina del registro civil comida y gaseosas para compartir mientras esperábamos el conteo de los votos y luego escribíamos nuestros artículos.

Me tomé mi último trago una noche de elecciones cuando había decidido que mi contribución seria una caja de cervezas. Nadie más traía licor, ni na­die me había sugerido que lo trajera. Cada vez que destapaba una cerveza in­citaba a los demás a que me acompa­ñaran, pero ninguno aceptó la invitación, explicándome que necesi­taban estar alerta mientras estuvieran trabajando. Con actitud desafiante, me bebí otras cuantas cervezas, de algún modo me las ingenié para escribir mi reportaje, y conduje hasta casa sin nin­gún incidente - eso no era nada com­parado a las dramáticas batallas domésticas cuando estaba borracha. No obstante, al día siguiente no fue po­sible ignorar lo que había sucedido: mientras mis colegas habían estado concentrados en el trabajo, yo había es­tado obsesionada con la cerveza. ¡AA había arruinado mi manera de beber! Todavía no podía admitir que era alco­hólica, pero ahora dudo que podría ha­ber dejado de beber o permanecer sobria sin la ayuda que recibía secreta­mente al asistir como espectadora a las reuniones de AA.

Mi compañera y yo finalmente nos separamos, y ya no tenía motivos para asistir a las reuniones de AA - o eso pensé yo. Me mudé a la ciudad y me sentía abatida, experimentando el do­lor que causa la soledad - aunque lo mantuve en secreto aún de mí misma - pero también era excesivamente tímida y tenía miedo de conocer a otras personas. Unos cuantos tragos me ayu­darían, pensé, y a lo mejor podría be­ber con moderación ahora que podía identificar los síntomas peligrosos. Afortunadamente, mi mejor amiga era una alcohólica sobria a quien había co­nocido en una reunión abierta. Antes de que volviera a beber, con tacto, ella me guió de nuevo hacia los salones de AA, y me sugirió que si escuchaba para ver cómo lo que decían me incumbía tal vez en esta ocasión podría descubrir que era una de ellas. Me dijo que el único requisito para ser miembro era el deseo de parar de beber, y que yo tenia derecho a la ayuda que AA nos presta para ayudamos a vivir sin alcohol.

Casi inmediatamente acepté el Pri­mer Paso y me declaré alcohólica, lo cual me produjo una gran sensación de alivio. También principié a dar el resto de los Pasos, pero secretamente excluía lo que no me interesaba porque no cre­ía en Dios. La gente que creía en él, pensé, eran seres demasiado débiles de carácter para enfrentar la dura realidad. Utilizaría a AA para que me devolvie­ra el sano juicio. Pondría mi vida al cuidado de... bueno, AA tendría que hacer de Poder Superior. Mi primer in­tento en dar un Cuarto Paso resultó en una lista de las fechorías cometidas du­rante mis borracheras y, para mi Quin­to Paso, le recité esta lista a la madrina que raras veces veía o llamaba, com­partiendo aquí y allá un detalle diver­tido para mantener su interés. Etcétera. Fui a muchas reuniones, pero apenas hojeé los Pasos, y por encima de todo evité examinar cuidadosamente mi propia alma y cualquier mención de Dios. Mis secretos permanecieron se­cretos, y continué enferma.

Finalmente, las reuniones empeza­ron a irritarme. Inspeccioné los salones y me concentré en los pocos alcohóli­cos sobrios cuyas vidas me parecían marginales y decidí que tendría que es­tar loca para ir donde ellos a pedirles ayuda. Además, tenía una nueva pare­ja no-alcohólica, y ahora mi vida no era ingobernable. A lo mejor era un error, pensé, definirme a mí misma en términos de una enfermedad. Enfren­tarme a los problemas sin licor ya no me parecía difícil. Concluí que podía dejar de asistir a las reuniones y per­manecer sobria con las otras herra­mientas que me había dado AA.